viernes, 13 de agosto de 2010

El corazón condenado


Reposaba en aquel cuarto oscuro desde hace no sé cuánto tiempo. Aún podía respirar. Los excesos de placer me llevaron hasta la cima del dolor desgarrando todo en mí. Al tocar y descifrar la pequeña caja de Lemarchand (que es la configuración del lamento) ya no pude dar vuelta atrás.
Palpitantes trozos de mi ser estaban esparcidos por aquélla sucia habitación, aguardando cada noche a que algo sucediera; viendo una y otra vez el resplandor y el deceso de la luna.
Condenada a pasar una vida sin vida, absorta en mis propias reflexiones, algo me distrajo. El crujir de unos pasos subiendo la escalinata me advirtieron su llegada. El deseo corrió atravesando mi mente. No sabía de quién se trataba pero, sin lugar a duda, ansiaba la inexorable reconstrucción.
Mi ojo, viscoso por la descomposición, pudo observar con su rabillo el brillante hilo de luz que entró tras el chirriante y suspensivo abrir de aquella puerta de madera que púdicamente ocultaba mi inhóspita morada. Aunque lejos (en algún otro trozo de mi ser) se hallaba mi corazón, sentía cómo violento golpeaba y se estremecía, como pez que se asfixia y resiste ante su captor. Quería ocultarme, pero bien sabía yo, que ni siquiera era yo, ni siquiera tenía cuerpo, cómo podía moverme. Inútiles intentos. Me quedé a la expectativa. La puerta se abrió aún más. Observé cómo lentamente un pie caía libremente seguido del otro, – ¡puta madre! Me corté-. “La puerta se cerró de tras de ti…” Todo quedó en penumbra nuevamente, sin embargo no había silencio. Mi corazón, antes asfixiado, ahora latía a un nuevo ritmo, un ritmo carnoso, viviente, reconstructivo. Mis glándulas salivales hicieron su tarea escurriéndose por las grietas del piso, lograron llegar hasta el deseado manjar. La totalidad de la habitación se impregnó de un olor a sangre recién regada, rocío de la mañana, perfume humano, muy, muy humano. Roja, resplandeciente, tal parecía que también deseaba unirse a mí. Dadora de vida, hizo su danza cual mercurio aleándose a ese río transparente, que pronto se deslizaría hasta alimentar a cada uno de mis trozos. Sensación. Sentir. La conciencia de la carne despierta a las células incitando su propagación. Creo que la mayoría, simples y humanos, desdeñamos el sentir, lo pasamos desapercibido, pero una vez que ha dormido hasta agrietársele el culo, y recién vuelve a vivir, toma conciencia y cuerpo, es como… nacer de nuevo. Por tanto, el dolor que causa la sensación de estar vivo llega en sobredosis de olas, que desesperadas, evocan a tus nervios, quienes también toman conciencia y comienzan a adherirse a los huesos como carnosidades a penas visibles. Cada pedazo de mi separada vida hace el mayor esfuerzo (incluso en contra de su voluntad) por encontrar su lugar en la estructura de mi infausto ser. Junto con ellos, la maldad hace su aparición, con un matiz perceptible sólo por perros y ratas. Deseo, con la fuerza de los mares, mareas, maremotos y tsunamis, ¡furia!, que subas ya esas escaleras, que me ofrezcas más de aquella sustancia retinosa, jugosa.
Los coágulos sanguíneos me hacen recordar los primeros dos años de mi deceso. El incienso se iba tornando putrefacto, el aliento, senil; cloaca de vecindario. Dos años ya de mi “muerte” no hicieron flaquear mi voluntad. Todo comienza a unirse de nuevo. Los corazones de cada una de mis células laten dolientes y apresurados. Ahora comienza la espera, de ti.

Como un ángel infernal, la araña toma presa al saltamontes, valiente e ingenuo peón que se entrega al alfil. Con sus antenas ponzoñosas viaja para instalarse en la hendidura más oculta, más oscura, más húmeda, a digerir a su, todavía vivo, alimento. Así espero tu presencia, cada vez más hambrienta, cada vez más violenta, cada vez más deseable te vas volviendo. Tu ADN me llena de satisfacción. Imagino tu cuerpo, lleno de venas, músculo, sangre, sangre…
De nuevo ese sonido, el esperado, el crujiente, la madera comprimida es informante de buenas nuevas. Estás aquí.
Mi instinto asesino (tan noble él) me dota de sabia paciencia, así que, con sigilo rapaz, me oculto entre las sombras mientras ingresas al peligroso salón. Quisiera seducirte, tocarte con mis manos, resbalar mi lengua en tu oído, pero no creo que te gustara esa sensación, mi dermis al descubierto bañada en un líquido salivoso lleno de proteínas y elásticas escamas que avaramente cubren apenas mi esqueleto. Si me miraras, probablemente me creerías amistosa, pues en este estado el cráneo siempre deja ver una amplia sonrisa.
Caminas hasta la ventana; qué cliché, la luna llena, tú solo en el ático, tu asesina (en huesos) asechando. ¡Me importa un pito! Comienzo a avanzar esperando no distraerte de tu entregada cavilación. Con mi gran sonrisa, me poso tras de ti, quiero morderte y ésta es mi oportunidad. Suspiras profundamente como ebrio enamorado, mi sonrisa despliega el armamento y simplemente dejo que mis dientes se hundan en tu cuello. Resulta mucho más sencillo de lo que por horas planee. Sorbo1, sorbo2, sorbo3... Debo contar hasta diez, me lo han enseñado desde niña, (la teta televisiva), antes de desesperarme y cagarla debo contar hasta diez. Cuando llego al noveno sorbo hago una pausa, tu cuerpo sucumbe desde las rodillas. Demasiado peso para aguantar, caemos. No me puedo ir sin mi décimo sorbo. Al apretar tus carnes me he dado cuenta que eres bastante saludable, te recuperarás; bebo sin prisa mi sorbo y te ato el cuellito con un jirón de cortina victoriana. Estás desmalladito, qué frágil te ves. Malos pensamientos me llegan sugiriendo comer algo de esa suave y firme piel, o buscar en tu abdomen dónde sería el mejor sitio para abrir y tener acceso total y profanar tus vísceras, el VIP en el banquete de tu ser. Te miro, te miro ahí, tirado en el piso, yo decido cuál será tu futuro. Ahora que te miro, me es bastante difícil apartar mis ojos (sin párpados) de tu totalidad; me enloquece tu sabor. Si te mato ahora no podré volver a tenerte. Si resisto, tú podrías ser mi esclavo. Qué líquido vital más fervoroso, qué inmediata es la reconstrucción. Aunque mucho me duele y me arde cada capa de mi piel que va ensamblándose, más fuerza voy tomando. Acerco mi rostro para ver el tuyo, me sorprende notar que tus rasgos no son los de un alimento. De hecho, tus labios son carnosos instrumentos de placer, tu piel morena ámbar, un poco pálida y muy suave, es muy probable que tengas trabajo de oficina o que seas un bibliotecario, o un freaky geeky ñoño de computadora; no lo sé. Sucios pensamientos vienen a mí. No aprendo ni aprenderé, fui capaz de hacer explotar mi cuerpo con ganchos debido al placer y al verte sé que volvería a hacerlo…

No hay comentarios:

Publicar un comentario