domingo, 14 de noviembre de 2010

Ilustre

Siendo un personaje tan ilustre no sabía ilustrar.

Hasta debajo de las rocas

Busqué la felicidad debajo de las rocas. Hallé una grande, al levantarla encontré una piedra pequeña y redonda, la tomé y acaricié, luego la metí en mi bolsillo y sonreí.

viernes, 13 de agosto de 2010

El corazón condenado


Reposaba en aquel cuarto oscuro desde hace no sé cuánto tiempo. Aún podía respirar. Los excesos de placer me llevaron hasta la cima del dolor desgarrando todo en mí. Al tocar y descifrar la pequeña caja de Lemarchand (que es la configuración del lamento) ya no pude dar vuelta atrás.
Palpitantes trozos de mi ser estaban esparcidos por aquélla sucia habitación, aguardando cada noche a que algo sucediera; viendo una y otra vez el resplandor y el deceso de la luna.
Condenada a pasar una vida sin vida, absorta en mis propias reflexiones, algo me distrajo. El crujir de unos pasos subiendo la escalinata me advirtieron su llegada. El deseo corrió atravesando mi mente. No sabía de quién se trataba pero, sin lugar a duda, ansiaba la inexorable reconstrucción.
Mi ojo, viscoso por la descomposición, pudo observar con su rabillo el brillante hilo de luz que entró tras el chirriante y suspensivo abrir de aquella puerta de madera que púdicamente ocultaba mi inhóspita morada. Aunque lejos (en algún otro trozo de mi ser) se hallaba mi corazón, sentía cómo violento golpeaba y se estremecía, como pez que se asfixia y resiste ante su captor. Quería ocultarme, pero bien sabía yo, que ni siquiera era yo, ni siquiera tenía cuerpo, cómo podía moverme. Inútiles intentos. Me quedé a la expectativa. La puerta se abrió aún más. Observé cómo lentamente un pie caía libremente seguido del otro, – ¡puta madre! Me corté-. “La puerta se cerró de tras de ti…” Todo quedó en penumbra nuevamente, sin embargo no había silencio. Mi corazón, antes asfixiado, ahora latía a un nuevo ritmo, un ritmo carnoso, viviente, reconstructivo. Mis glándulas salivales hicieron su tarea escurriéndose por las grietas del piso, lograron llegar hasta el deseado manjar. La totalidad de la habitación se impregnó de un olor a sangre recién regada, rocío de la mañana, perfume humano, muy, muy humano. Roja, resplandeciente, tal parecía que también deseaba unirse a mí. Dadora de vida, hizo su danza cual mercurio aleándose a ese río transparente, que pronto se deslizaría hasta alimentar a cada uno de mis trozos. Sensación. Sentir. La conciencia de la carne despierta a las células incitando su propagación. Creo que la mayoría, simples y humanos, desdeñamos el sentir, lo pasamos desapercibido, pero una vez que ha dormido hasta agrietársele el culo, y recién vuelve a vivir, toma conciencia y cuerpo, es como… nacer de nuevo. Por tanto, el dolor que causa la sensación de estar vivo llega en sobredosis de olas, que desesperadas, evocan a tus nervios, quienes también toman conciencia y comienzan a adherirse a los huesos como carnosidades a penas visibles. Cada pedazo de mi separada vida hace el mayor esfuerzo (incluso en contra de su voluntad) por encontrar su lugar en la estructura de mi infausto ser. Junto con ellos, la maldad hace su aparición, con un matiz perceptible sólo por perros y ratas. Deseo, con la fuerza de los mares, mareas, maremotos y tsunamis, ¡furia!, que subas ya esas escaleras, que me ofrezcas más de aquella sustancia retinosa, jugosa.
Los coágulos sanguíneos me hacen recordar los primeros dos años de mi deceso. El incienso se iba tornando putrefacto, el aliento, senil; cloaca de vecindario. Dos años ya de mi “muerte” no hicieron flaquear mi voluntad. Todo comienza a unirse de nuevo. Los corazones de cada una de mis células laten dolientes y apresurados. Ahora comienza la espera, de ti.

Como un ángel infernal, la araña toma presa al saltamontes, valiente e ingenuo peón que se entrega al alfil. Con sus antenas ponzoñosas viaja para instalarse en la hendidura más oculta, más oscura, más húmeda, a digerir a su, todavía vivo, alimento. Así espero tu presencia, cada vez más hambrienta, cada vez más violenta, cada vez más deseable te vas volviendo. Tu ADN me llena de satisfacción. Imagino tu cuerpo, lleno de venas, músculo, sangre, sangre…
De nuevo ese sonido, el esperado, el crujiente, la madera comprimida es informante de buenas nuevas. Estás aquí.
Mi instinto asesino (tan noble él) me dota de sabia paciencia, así que, con sigilo rapaz, me oculto entre las sombras mientras ingresas al peligroso salón. Quisiera seducirte, tocarte con mis manos, resbalar mi lengua en tu oído, pero no creo que te gustara esa sensación, mi dermis al descubierto bañada en un líquido salivoso lleno de proteínas y elásticas escamas que avaramente cubren apenas mi esqueleto. Si me miraras, probablemente me creerías amistosa, pues en este estado el cráneo siempre deja ver una amplia sonrisa.
Caminas hasta la ventana; qué cliché, la luna llena, tú solo en el ático, tu asesina (en huesos) asechando. ¡Me importa un pito! Comienzo a avanzar esperando no distraerte de tu entregada cavilación. Con mi gran sonrisa, me poso tras de ti, quiero morderte y ésta es mi oportunidad. Suspiras profundamente como ebrio enamorado, mi sonrisa despliega el armamento y simplemente dejo que mis dientes se hundan en tu cuello. Resulta mucho más sencillo de lo que por horas planee. Sorbo1, sorbo2, sorbo3... Debo contar hasta diez, me lo han enseñado desde niña, (la teta televisiva), antes de desesperarme y cagarla debo contar hasta diez. Cuando llego al noveno sorbo hago una pausa, tu cuerpo sucumbe desde las rodillas. Demasiado peso para aguantar, caemos. No me puedo ir sin mi décimo sorbo. Al apretar tus carnes me he dado cuenta que eres bastante saludable, te recuperarás; bebo sin prisa mi sorbo y te ato el cuellito con un jirón de cortina victoriana. Estás desmalladito, qué frágil te ves. Malos pensamientos me llegan sugiriendo comer algo de esa suave y firme piel, o buscar en tu abdomen dónde sería el mejor sitio para abrir y tener acceso total y profanar tus vísceras, el VIP en el banquete de tu ser. Te miro, te miro ahí, tirado en el piso, yo decido cuál será tu futuro. Ahora que te miro, me es bastante difícil apartar mis ojos (sin párpados) de tu totalidad; me enloquece tu sabor. Si te mato ahora no podré volver a tenerte. Si resisto, tú podrías ser mi esclavo. Qué líquido vital más fervoroso, qué inmediata es la reconstrucción. Aunque mucho me duele y me arde cada capa de mi piel que va ensamblándose, más fuerza voy tomando. Acerco mi rostro para ver el tuyo, me sorprende notar que tus rasgos no son los de un alimento. De hecho, tus labios son carnosos instrumentos de placer, tu piel morena ámbar, un poco pálida y muy suave, es muy probable que tengas trabajo de oficina o que seas un bibliotecario, o un freaky geeky ñoño de computadora; no lo sé. Sucios pensamientos vienen a mí. No aprendo ni aprenderé, fui capaz de hacer explotar mi cuerpo con ganchos debido al placer y al verte sé que volvería a hacerlo…

Colchón

Cuando él me dijo "Compré una recámara nueva"; yo pensé, ¿Es una invitación? ¿Quedría él que yo compartiera ese colchón? ¿Me estaba presumiendo? ¿Conversación entre oficinistas? ¿Quedría a alguien como yo en su cama?
Respondí: Me da gusto por ti...

jueves, 12 de agosto de 2010

Cuca de libertad




Con ganas de vencer sus miedos la chica fue de tras del escenario y persiguió a una cucaracha. La tomó en sus manos. Sintió el agitar de sus patas y alas. Luego la lanzó al cielo para que ésta abriera sus alas y volara en libertad...

domingo, 4 de julio de 2010

Brian Eno en el Anahuacalli

Cuando escuché en Ibero 90.9 la invitación "Haga algo aburrido" pensé, siendo yo una persona tan aburrida, esto es para mí.
El museo Anahuacalli Diego Rivera es un recinto con arquitectura diseñada por el propio Rivera. Se ubica al sur de la ciudad de México, muy cerca del tren ligero estación Xotepingo; en la calle de museo con número 150. De entrada es totalmente maravilloso porque tiene la forma de un Teocalli o casa de dios. El material con que fue construido es piedra volcánica oscura. Está dividido en tres plantas que simbolizan algo así como el estado del humano. El primer piso es bastante oscuro, me sentí como dentro de una pirámide azteca. Ahí dentro, lo primero que llamó mi atención fue la colección de piezas prehispánicas que hay, son más o menos 2 mil en exhibición. Casi todos los techos en su totalidad están conformados por piezas temáticas; por ejemplo en el segundo piso está plasmado un Quetzalcóatl en charlas con un Xólotl, en el centro parece observar un sapo-rana ícono de Diego Rivera. El piso también resguarda este aspecto con mosaicos que forman grecas de colores. Por las ventanas puede observarse hilos de luz dorados producidos por el cristal-roca que resguarda al museo. En el tercer piso se encuentra una terraza con vista a los cuatro puntos cardinales; desde ahí pude ver el cerro cerca de mi casa. Probablemente hay fiesta en un pueblo porque algunos cuetes fueron lanzados; se elevaban por el cielo confundiéndose con las nubes cargas, listas para llover.
http://www.museoanahuacalli.org.mx

Terminado el recorrido era hora de ver la instalación de Brian Eno. 77 millones de pinturas es un número harto grande para comprenderle (en realidad la instalación constó de 300 imágenes repetidas en distintas combinaciones). Un cuarto oscuro. Al frente había pantallas en forma de suástica con otras cuatro al rededor, formando un círculo. Al costado izquierdo dos montañas de arena que cambiaban de color ante el descenso de la luz, por un momento fluorescente en rosa, azul, amarillo, violácea.
Estaba lleno así que la gente decidió tirarse en la alfombra para disfrutar de la magia de Eno. Así lo hice. Comencé a observar la gama de colores. Una musiquilla producida por el autor era hipnotizadora, entraba en mis oídos y fácilmente se desplazaba por mi cuerpo obligándome a dar largos suspiros. Seguí mirando. Pensé qué suertuda soy, justo hoy se va de México esta bella pieza de color. Por momentos me hizo pensar en varias partes de mi vida (retrospección y sanación) hasta que llegó un momento en el que me coloqué en pose fetal dejándome inundar por esa cálida música y los destellos de colores danzantes, flores, armonía, caricias en las mejillas... de regreso al útero. Por un momento casi me duermo, era hora de partir pero no quería hacerlo. No sé cuánto tiempo pasé ahí. Dicen por ahí en la revista Rolling Stone que hay quienes han permanecido hasta por seis horas... mi estómago no lo permitió, reclamó casi en voz alta su alimento. Me fue con una sonrisa en los labios, los ojos a medio abrir y los pies ligeros...
http://es.wikipedia.org/wiki/Brian_Eno

sábado, 3 de julio de 2010

Entre caníbales...


El otro pretexto para inciar un blog es que me gusta escribir, no sé si lo hago bien pero ya es tiempo de compartir. Dejo aquí "Entre caníbales":

Hoy las cosas se pusieron feas… y yo tan contenta que estaba por ese viaje; la investigación nunca estará completa si no te aseguras sensorialmente de estar, aunque sea un poco, cerca de describir la realidad a través de tus ojos, in situ.
El equipo estaba ya todo listo: los diarios de campo, los mapas, cámara fotográfica digital (con tres baterías bien cargaditas, laptops; bueno llevaba incluso las botas con atiderrapante, calzones limpios y unas calcetas calientitas para la noche; llevaba también las provisiones, y desde luego, las Indio que pondríamos a enfriar y resguardar como un verdadero tesoro; porque estaríamos ahí hasta obtener suficientes datos.
La camioneta color beige estaba cubierta por un sombrero conformado por mochilas, tiendas de acampar, y sleepbags verdes.

Ya algo adentrados hicimos una parada, era el momento ideal para refrescarnos. El día era uno de los más calurosos no antes sentidos desde nuestra llegada. Sonrientes, tomábamos las bebidas que sacamos del asiento trasero.
Un bus ejecutivo hizo su llegada y se estacionó justo al lado nuestro; de él emergieron jóvenes con facha de antropólogos y se dispersaron hacia la sombra. Escudriñé el panorama para ver de quiénes se trataba y no logré ver un rostro conocido. Tardaron sólo un poco, al parecer un par de científicas sociales urgidas por mear se apresuraban buscando un lugar idóneo en la natura.
Estaban listos para parti; alguien con porte de líder trataba de reunirlos; el motor había sido encendido.
Seguí mirando, rostro tras rostro y qué crees… sí, ahí estaba él, gritoneando emocionado a sus compañeros para abordar. Corrí exactamente como lo haría una velocista y lo tomé del brazo. Giró su cuerpo hacia mí y me regaló una amplia sonrisa. Lo abracé tan fuerte, intentando recuperar en un abrazo todos aquellos que por largos años no pude darle. De una forma menos obscena de lo que hacen los perros al olfatearse el trasero, yo rosé mi nariz en su cuello para validar que se trataba de mi amor, que no era sólo una visión. Indiscutiblemente era mi Josué, ahora más viejo, con la piel más gruesa, más macizo, como diría mi abuela, y con una barba, que si bien no iba de acuerdo a su edad, sí le daba un toque de madurez que me agradaba (¡sabroso!). Segundo siguiente, tenía que irse. Me ofrecí llevarlo a su asiento, nos tomamos de la mano y subimos. Estaba tan emocionada de tenerle aunque sea por unos segundos. Miré a la distancia, los prados estaban verdísimos en tan iluminado día (como cuadro de Bob Ross). Muy lejos vi dos cuerpos en movimiento. Algo raro sucedía, obtuvieron mi atención. Entonces le dije –Josué, ¿qué están haciendo?, se acercó conmigo a la ventana y analizó cada acto. Ambos teníamos cara de no entender lo que pasaba aunque los argumentos de la razón y del lenguaje ya lo habían revelado. Prácticamente pegamos la cara al cristal, atónitos. Una mujer y un hombre totalmente desnudos corrían agitados y con talante de dementes, sacudían los brazos extasiados. Eran visibles los trozos de carne que devoraban, seguían corriendo. Pronto dejó de ser una pareja, para convertirse en un grupo. Todos ellos corrían hacia nosotros. Engullendo vorazmente, como a diez metros de distancia, daban fin a la vida de un pequeño bebé. Fue rápidamente fragmentado cuando tiraron en conjunto de sus extremidades. Uno de ellos hincó los dientes justo en su rostro partiéndolo en dos. Cierto, qué tiernos son los bebés, su piel se rompe al instante. Nos quedamos como pendejos… ellos seguían avanzando.