Cuando escuché en Ibero 90.9 la invitación "Haga algo aburrido" pensé, siendo yo una persona tan aburrida, esto es para mí.
El museo Anahuacalli Diego Rivera es un recinto con arquitectura diseñada por el propio Rivera. Se ubica al sur de la ciudad de México, muy cerca del tren ligero estación Xotepingo; en la calle de museo con número 150. De entrada es totalmente maravilloso porque tiene la forma de un Teocalli o casa de dios. El material con que fue construido es piedra volcánica oscura. Está dividido en tres plantas que simbolizan algo así como el estado del humano. El primer piso es bastante oscuro, me sentí como dentro de una pirámide azteca. Ahí dentro, lo primero que llamó mi atención fue la colección de piezas prehispánicas que hay, son más o menos 2 mil en exhibición. Casi todos los techos en su totalidad están conformados por piezas temáticas; por ejemplo en el segundo piso está plasmado un Quetzalcóatl en charlas con un Xólotl, en el centro parece observar un sapo-rana ícono de Diego Rivera. El piso también resguarda este aspecto con mosaicos que forman grecas de colores. Por las ventanas puede observarse hilos de luz dorados producidos por el cristal-roca que resguarda al museo. En el tercer piso se encuentra una terraza con vista a los cuatro puntos cardinales; desde ahí pude ver el cerro cerca de mi casa. Probablemente hay fiesta en un pueblo porque algunos cuetes fueron lanzados; se elevaban por el cielo confundiéndose con las nubes cargas, listas para llover.
http://www.museoanahuacalli.org.mx
Terminado el recorrido era hora de ver la instalación de Brian Eno. 77 millones de pinturas es un número harto grande para comprenderle (en realidad la instalación constó de 300 imágenes repetidas en distintas combinaciones). Un cuarto oscuro. Al frente había pantallas en forma de suástica con otras cuatro al rededor, formando un círculo. Al costado izquierdo dos montañas de arena que cambiaban de color ante el descenso de la luz, por un momento fluorescente en rosa, azul, amarillo, violácea.
Estaba lleno así que la gente decidió tirarse en la alfombra para disfrutar de la magia de Eno. Así lo hice. Comencé a observar la gama de colores. Una musiquilla producida por el autor era hipnotizadora, entraba en mis oídos y fácilmente se desplazaba por mi cuerpo obligándome a dar largos suspiros. Seguí mirando. Pensé qué suertuda soy, justo hoy se va de México esta bella pieza de color. Por momentos me hizo pensar en varias partes de mi vida (retrospección y sanación) hasta que llegó un momento en el que me coloqué en pose fetal dejándome inundar por esa cálida música y los destellos de colores danzantes, flores, armonía, caricias en las mejillas... de regreso al útero. Por un momento casi me duermo, era hora de partir pero no quería hacerlo. No sé cuánto tiempo pasé ahí. Dicen por ahí en la revista Rolling Stone que hay quienes han permanecido hasta por seis horas... mi estómago no lo permitió, reclamó casi en voz alta su alimento. Me fue con una sonrisa en los labios, los ojos a medio abrir y los pies ligeros...
http://es.wikipedia.org/wiki/Brian_Eno
domingo, 4 de julio de 2010
sábado, 3 de julio de 2010
Entre caníbales...

El otro pretexto para inciar un blog es que me gusta escribir, no sé si lo hago bien pero ya es tiempo de compartir. Dejo aquí "Entre caníbales":
Hoy las cosas se pusieron feas… y yo tan contenta que estaba por ese viaje; la investigación nunca estará completa si no te aseguras sensorialmente de estar, aunque sea un poco, cerca de describir la realidad a través de tus ojos, in situ.
El equipo estaba ya todo listo: los diarios de campo, los mapas, cámara fotográfica digital (con tres baterías bien cargaditas, laptops; bueno llevaba incluso las botas con atiderrapante, calzones limpios y unas calcetas calientitas para la noche; llevaba también las provisiones, y desde luego, las Indio que pondríamos a enfriar y resguardar como un verdadero tesoro; porque estaríamos ahí hasta obtener suficientes datos.
La camioneta color beige estaba cubierta por un sombrero conformado por mochilas, tiendas de acampar, y sleepbags verdes.
Ya algo adentrados hicimos una parada, era el momento ideal para refrescarnos. El día era uno de los más calurosos no antes sentidos desde nuestra llegada. Sonrientes, tomábamos las bebidas que sacamos del asiento trasero.
Un bus ejecutivo hizo su llegada y se estacionó justo al lado nuestro; de él emergieron jóvenes con facha de antropólogos y se dispersaron hacia la sombra. Escudriñé el panorama para ver de quiénes se trataba y no logré ver un rostro conocido. Tardaron sólo un poco, al parecer un par de científicas sociales urgidas por mear se apresuraban buscando un lugar idóneo en la natura.
Estaban listos para parti; alguien con porte de líder trataba de reunirlos; el motor había sido encendido.
Seguí mirando, rostro tras rostro y qué crees… sí, ahí estaba él, gritoneando emocionado a sus compañeros para abordar. Corrí exactamente como lo haría una velocista y lo tomé del brazo. Giró su cuerpo hacia mí y me regaló una amplia sonrisa. Lo abracé tan fuerte, intentando recuperar en un abrazo todos aquellos que por largos años no pude darle. De una forma menos obscena de lo que hacen los perros al olfatearse el trasero, yo rosé mi nariz en su cuello para validar que se trataba de mi amor, que no era sólo una visión. Indiscutiblemente era mi Josué, ahora más viejo, con la piel más gruesa, más macizo, como diría mi abuela, y con una barba, que si bien no iba de acuerdo a su edad, sí le daba un toque de madurez que me agradaba (¡sabroso!). Segundo siguiente, tenía que irse. Me ofrecí llevarlo a su asiento, nos tomamos de la mano y subimos. Estaba tan emocionada de tenerle aunque sea por unos segundos. Miré a la distancia, los prados estaban verdísimos en tan iluminado día (como cuadro de Bob Ross). Muy lejos vi dos cuerpos en movimiento. Algo raro sucedía, obtuvieron mi atención. Entonces le dije –Josué, ¿qué están haciendo?, se acercó conmigo a la ventana y analizó cada acto. Ambos teníamos cara de no entender lo que pasaba aunque los argumentos de la razón y del lenguaje ya lo habían revelado. Prácticamente pegamos la cara al cristal, atónitos. Una mujer y un hombre totalmente desnudos corrían agitados y con talante de dementes, sacudían los brazos extasiados. Eran visibles los trozos de carne que devoraban, seguían corriendo. Pronto dejó de ser una pareja, para convertirse en un grupo. Todos ellos corrían hacia nosotros. Engullendo vorazmente, como a diez metros de distancia, daban fin a la vida de un pequeño bebé. Fue rápidamente fragmentado cuando tiraron en conjunto de sus extremidades. Uno de ellos hincó los dientes justo en su rostro partiéndolo en dos. Cierto, qué tiernos son los bebés, su piel se rompe al instante. Nos quedamos como pendejos… ellos seguían avanzando.
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