sábado, 3 de julio de 2010

Entre caníbales...


El otro pretexto para inciar un blog es que me gusta escribir, no sé si lo hago bien pero ya es tiempo de compartir. Dejo aquí "Entre caníbales":

Hoy las cosas se pusieron feas… y yo tan contenta que estaba por ese viaje; la investigación nunca estará completa si no te aseguras sensorialmente de estar, aunque sea un poco, cerca de describir la realidad a través de tus ojos, in situ.
El equipo estaba ya todo listo: los diarios de campo, los mapas, cámara fotográfica digital (con tres baterías bien cargaditas, laptops; bueno llevaba incluso las botas con atiderrapante, calzones limpios y unas calcetas calientitas para la noche; llevaba también las provisiones, y desde luego, las Indio que pondríamos a enfriar y resguardar como un verdadero tesoro; porque estaríamos ahí hasta obtener suficientes datos.
La camioneta color beige estaba cubierta por un sombrero conformado por mochilas, tiendas de acampar, y sleepbags verdes.

Ya algo adentrados hicimos una parada, era el momento ideal para refrescarnos. El día era uno de los más calurosos no antes sentidos desde nuestra llegada. Sonrientes, tomábamos las bebidas que sacamos del asiento trasero.
Un bus ejecutivo hizo su llegada y se estacionó justo al lado nuestro; de él emergieron jóvenes con facha de antropólogos y se dispersaron hacia la sombra. Escudriñé el panorama para ver de quiénes se trataba y no logré ver un rostro conocido. Tardaron sólo un poco, al parecer un par de científicas sociales urgidas por mear se apresuraban buscando un lugar idóneo en la natura.
Estaban listos para parti; alguien con porte de líder trataba de reunirlos; el motor había sido encendido.
Seguí mirando, rostro tras rostro y qué crees… sí, ahí estaba él, gritoneando emocionado a sus compañeros para abordar. Corrí exactamente como lo haría una velocista y lo tomé del brazo. Giró su cuerpo hacia mí y me regaló una amplia sonrisa. Lo abracé tan fuerte, intentando recuperar en un abrazo todos aquellos que por largos años no pude darle. De una forma menos obscena de lo que hacen los perros al olfatearse el trasero, yo rosé mi nariz en su cuello para validar que se trataba de mi amor, que no era sólo una visión. Indiscutiblemente era mi Josué, ahora más viejo, con la piel más gruesa, más macizo, como diría mi abuela, y con una barba, que si bien no iba de acuerdo a su edad, sí le daba un toque de madurez que me agradaba (¡sabroso!). Segundo siguiente, tenía que irse. Me ofrecí llevarlo a su asiento, nos tomamos de la mano y subimos. Estaba tan emocionada de tenerle aunque sea por unos segundos. Miré a la distancia, los prados estaban verdísimos en tan iluminado día (como cuadro de Bob Ross). Muy lejos vi dos cuerpos en movimiento. Algo raro sucedía, obtuvieron mi atención. Entonces le dije –Josué, ¿qué están haciendo?, se acercó conmigo a la ventana y analizó cada acto. Ambos teníamos cara de no entender lo que pasaba aunque los argumentos de la razón y del lenguaje ya lo habían revelado. Prácticamente pegamos la cara al cristal, atónitos. Una mujer y un hombre totalmente desnudos corrían agitados y con talante de dementes, sacudían los brazos extasiados. Eran visibles los trozos de carne que devoraban, seguían corriendo. Pronto dejó de ser una pareja, para convertirse en un grupo. Todos ellos corrían hacia nosotros. Engullendo vorazmente, como a diez metros de distancia, daban fin a la vida de un pequeño bebé. Fue rápidamente fragmentado cuando tiraron en conjunto de sus extremidades. Uno de ellos hincó los dientes justo en su rostro partiéndolo en dos. Cierto, qué tiernos son los bebés, su piel se rompe al instante. Nos quedamos como pendejos… ellos seguían avanzando.

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